AL LADO DE UN GRAN HOMBRE SIEMPRE HABRA UNA GRAN MUJER ( Espero dar la medida )

AL LADO DE UN GRAN HOMBRE SIEMPRE HABRA UNA GRAN MUJER   ( Espero dar la medida )
La Gloria de mi Espiritu ( Lo mejor de Mi )

viernes, 16 de noviembre de 2007

LOS RECUERDOS (30-12-90)

Alguien me dio hace un tiempo a modo de obsequio, un libro, el cual una noche tomé para hojear.
Al tratar de abrirlo sentí algo deformado en su interior.
Cuando lo abrí, cayó a mis pies algo grotesco como un trozo de cartón deforme y oscuro, que se desmenuzó en el suelo
. Cuando me incliné para tomarlo advertí que se trataba de lo que alguna vez fue un clavel.
Me pregunté entonces, ¿Cuántos ojos habrán apreciado su carmín y cuán exquisito habría sido su aroma?.
Creo que el dueño del libro quiso guardar por siempre esas cualidades, ese perfume y ese carmín, y encerró al clavel todavía vivo, entre las hojas de aquel libro, creyendo que guardaba su aroma y su color.

Pero no fue así, porque pronto aquel clavel encontró otoño e invierno en su oscuro encierro sin dejar más que un feo residuo a su dueño.

Hoy, meditando en este suceso,llegué a la conclusión que dentro nuestro se desarrolla constantemente un proceso de otoños de recuerdos y una primavera de vivencias actuales que se renueva día tras día produciendo flores que nunca ponemos en libertad.

Creo que todos debiéramos garabatear en cualquier cosa que sirva para grabar, nuestras vivencias más sobresalientes y comprobar lo hermoso que es este sistema de conservar viejas primaveras que dan fruto milagroso cada vez que buscamos solaz hojeando amarillentas páginas o escuchando cintas grabadas años antes.
El tiempo cambia, las cosas y la gente y no podemos hoy decir como pensaremos mañana.
Parece increíble cuánto podría dar un ser humano que llega a tomar conciencia a veces de todo lo que deja a su paso, como hojas secas o pétalos de una flor en el corazón de los demás, tal como si fuera un pasajero apurado de un sueño en un viaje al infinito.

Recuerdo cuando era solo un niño, solía observar desde la casa paterna en Mar del Plata, un monte de eucaliptos en frente de la misma, hacia el naciente situado a unos cien metros.
En días de verano y sin que soplara mucho viento, solí extasiarme con el murmullo de sus altas y enormes copas de verdes hojas perennes y era como si el mar pasara sobre ellas en un oleaje interminable de invisible espuma.
Para completar este paisaje, un flaco molino de viento rechinaba perezoso a la hora de la siesta como una grotesca forma de anunciar la presencia de la mano del hombre.

En aquellos años este paisaje solo servía para acunar mis sueños de niño, cuando después de almorzar, me recostaba sobre una vieja lona que mi madre había dispuesto en frente de la casa debajo de la sombra de unos álamos y desde allí me quedaba viendo cómo el molino cambiaba de posición según el viento y me adormecía escuchando ese concierto de murmullo de eucaliptos y fondo de violín desafinado del molino.

Hoy, quizás después de treinta años, ese paisaje ya no exista, borrado por el progreso de esa explosión de cemento que; transformadas en barrios y edificios desplazan todo lo que sea naturaleza.
Quizás ya no estén los árboles ni el viejo molino.
En la casa paterna vive gente que no conocen de mis memorias.
En aquella época y a causa de una crisis económica que vivió mi familia, mis padres vendieron la casa y nos trasladamos al sur del país en donde poseíamos otra vivienda construida por ellos muchos años antes.

Pero hoy recordando todas esas cosas pienso en cuánto me dejaron de positivo en mi vida, porque fueron cosas pertenecientes a la paz y tenían que ver mucho con la felicidad que solo un niño, como lo era yo, pudo apreciar en ese entonces. Y de tanto en tanto vuelven a mi memoria en momentos de solaz y puedo escuchar nuevamente el murmullo de las hojas y el rechinar metálico del viejo molino e imaginar el color azul del cielo en contraste con el verde oscuro de esos gigantes de madera con nombre en latín.

También hubo, además, y en ese mismo orden de cosas, seres humanos que en forma similar, pero más fructífera, dejaron en mi recuerdo las enseñanzas más prácticas y simples en forma de ejemplos y conceptos como si fueran también esfumados paisajes pintados en el escenario de mi memoria.

Una de esas enseñanzas las recibí en una conferencia en la Iglesia Mormona .-

.-Estaba yo sentado en una banca del estrado, porque en ese entonces era Presidente de una de las ramas de la Iglesia, y allí estaba medio adormilado por la cantidad de discursos y palabras que había escuchado durante aquella calurosa tarde.
Delante del estrado se extendía una muchedumbre de cerca de seiscientas personas entre niños, jóvenes, mujeres y hombres, sentados la mayoría, pero el calor reinante hacía inquietar a los niños que no se quedaban quietos un momento.
En ese ambiente trataba yo de mantenerme atento al orador de turno y luchaba por salir de esa habitación plagada de afiches de mi mente recordando cosas que debía hacer al otro día o que simplemente podría hacer.
En realidad siempre garabateábamos con el pensamiento como lo hacemos con un lápiz al borde de un cuaderno.
En esto estaba cuando de repente y como atraído por un chasquido de cualquier ruido imaginario, miré pesadamente a un costado a tiempo para ver una fila delante de mí y a la izquierda a una anciana hermana que habiendo pasado su brazo por sobre el hombro de su esposo, acariciaba entre sus dedos suavemente el lóbulo de la oreja de éste.
La escena era tan dulce que todo mi ser se incorporó en mí en un momento y vio algo más: ví sonrisa en el gastado perfil de él y ví felicidad en los ojos de ella.

Era evidente que aquella pareja no tenían la llave de la felicidad, porque sencillamente no necesitaban entrar en ella; ya estaban adentro.

La felicidad no es un objetivo sino una forma de vida.

La felicidad es conciencia cabal de que se está viviendo de acuerdo a principios correctos en armonía con el Espíritu Santo
.