AL LADO DE UN GRAN HOMBRE SIEMPRE HABRA UNA GRAN MUJER ( Espero dar la medida )

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La Gloria de mi Espiritu ( Lo mejor de Mi )

domingo, 28 de marzo de 2010

MI NIÑEZ EN MAR DEL PLATA







Recuerdos de Mar del Plata
 ( El Regreso )


Hoy volví; fue una experiencia
 única. Regresar al barrio en donde pase mis primeros años de infancia después de 48 años fue un sueño tantas veces compartido solamente con la almohada, y ahora… se hacía realidad.Al irme aproximando vi cosas que antes en mis sueños nocturnos; no comprendía pero ahora cobraban sentido.Recordé que algunas veces soñaba con barrios y casas desconocidas; sitios en los que jamás había estado; pero ahora los vi.

Eran grupos de casas que se edificaron al oeste de mi barrio y que de alguna manera yo visitaba en sueños sin haber estado allí en mi niñez (eso creo).
Hoy el suelo de volver tuvo su segmento de protagonismo absoluto en mi vida.
No me sentía eufórico al aproximarme a la vecindad sino expectante y muy atento a todos los detalles.
Una sensación de bienvenida me embargo el alma. Había regresado después de tanto tiempo y de la mano de un "ángel guardián"; mi hija. De repente tuve la sensación de ingresado a un barrio en miniatura, a una copia editada de mis recuerdos, sintetizada y remixada para mí en aquel momento. Fue como una obra de teatro desplegada precariamente en la ensenada de mi barrio. Todo se me antojó más chico que otrora, todo era como un gran balde de juguetes volcados ante mí para que yo los eligiera al azar.

Los viejos nos miraban con un guiño sostenido desde las ventanas y los más jóvenes, con desconfianza.
Tenía ganas de decirles: "No se preocupen no vengo a llevarles nada, solo a recoger mis huellas, mis pequeñas huellas que deje aquí."
En donde yo jugaba otrora; aquellos potreros sembrados de avena; hoy están cubiertos de extrañas y viejas casa a modo de lápidas que cubren mis recuerdos.

Ya el viejo molino de viento se lo llevo alguna ráfaga del progreso y en su lugar nuevas casas hicieron leña del monte de eucaliptos.

Sí, todo se me antoja más chiquito. Las cuadras, las casas… y los 48 años de ausencia me pesan como plomo en m i conciencia.

A quien le cuesta la experiencia? Donde la dejo? A quien le sirve? Solo despojos, u allí, apretada entre las otras casas viejas… estaba mi casa… Mi Casa? Qué extraño suena pero lo que vi no me gusto.

Estaba destruida, apenas la reconocí por aquella grutita en la pared en la cual mi madre colocaba una imagen de la virgen y una vela. Sí; aquella era la casa paterna…
Dejo el barrio de esta; mi fantasía real y me encamino hacia el icono de mi niñez y de toda otra niñez: El colegio.
Un insulto me recibe justo en el horizonte ¿Dónde están las quintas, el gigantesco cerco de eucaliptos? Que fue del tambo de don Francisco?
Un grupo de monoblocks modernos quisieran quitarse sus techos para saludarme en una absurda galantería pero no les hago caso, trato de no mirarlos pero ellos se ríen desde sus amplias entradas.

El progreso, el Progreso! Parecían decir jocosamente.

Si, aquí vivía García, allá Bassí; el padrino de mi hermana, mas allá Atanacio; el de los caballos. De repente me doy cuenta. Estoy señalando las casas y explicándole a mi hija como se todo el lugar fuera una gran maqueta. Ella con mucho tacto me reprende. Dejo de señalar con el índice pero… Estoy tan desconcertado que mi actitud se hace evidente a cada paso.

Así llegamos al otro punto de encuentro tan anhelado; mi escuelita, pero donde esta?

Modernas ampliaciones pusieron gafas oscuras ente mis ojos y aquella fachada que estaba en mi memoria quedo cerrada por un gran paredón y un portón de rejas y candado me sugieren una frase: "Recuerdo encerrado, vuelva otro día". Claro, era sábado!
Pero aun el show del recuerdo no estaba completo. Giro sobre mis talones y exclamo: "La Despensa!.."
Si estaba allí… más limpia y reformada que en aquel entonces. A ella también la habían disfrazado para mí y hasta le habían cambiado en nombre.
Cuantos recuerdos con aquella despensa! A mis 6 añitos el mostrador me llegaba a la altura de mi cabeza cuando ponía mis diez centavos y a cambio recibía un gran paquete de galletitas sueltas.

El paseo del recuerdo está por terminar, sin darme cuenta nuevamente no domino mis sensaciones y rodeo el colegio, mi colegio, señalo con mi dedo contándole a mi presente las cosas como eran hacer solo medio siglo atrás. No quedaba mucho más para ver, pero desde la vereda de enfrente puedo ver el gigantesco tronco de un seco pino que, con sus muñones; otrora verdes ramas; tratan infructuosos de saludarme; casi no lo reconozco; no me disculpo; él está muerto.
No vine a llevarme nada, tampoco dejo algo, solo fue una cita a ciegas con un sueño recurrente de mi niñez dormida.
Me siento muy extraño; cada tanto percibo un aroma exquisito a recuerdo de todo, una esencia especial sin nombre preparada para esta ocasión sin tiempo. Aun hoy, mientras escribo la ciento y me gustaría que me siga cuando me vaya.
El camino de regreso a pie es una caravana de recuerdos que marchan al son de relatos cortos narrados apresuradamente a mi lazarillo y ángel de la guarda; mi hija; nos dirigimos ahora a tomar el colectivo. Nuevamente cruzamos las vías del tren en un paso a nivel y allí entre los durmientes me esperaba un duende casi olvidado: el de las travesuras inconscientes. Me detengo y… si; le digo a mi hija, me inclino y me aferro un instante al viejo riel de acero…"aquí colocábamos algunas piedras sobre los rieles solo para escuchar escondidos el ruido que producía cuando el tren las pisaba". Eran travesuras peligrosas que realizábamos con mis hermanos y otros chicos del barrio (que será de ellos?).

Luego de dos días volví nuevamente; solo tenía frío, un frío aguantable así que al aproximarme me baje del taxi y camine. Nuevamente las ventanas de las viejas casas me miraban como a un extraño, "¿A qué volviste?" parecen preguntarme. Pero yo camino; ahora que entro en aquella calle otrora transitada por mis pequeños pies camino más lento y por momentos cierro los ojos y me digo: "he regresado, he vuelto al lugar en donde fui feliz por primera vez".

Esta vez hablo con algunos vecinos de más o menos mi edad y entre datos confusos y palabras trilladas me ponen al tanto de algunos cambios que hubo desde que me fui.

Me entero de la necrológica de las últimas décadas, son muchos, pero al fin; me llevo a mi mismo por aquellas calles que tantas veces recorrí en sueños en el anhelo de regresar y trato de no parecer evidente en mi incursión por este sueño que quisiera que nunca terminara; si fuera cierto.
Pregunto a un viejo que desde lejos ya me descubre y con su mirada me pone el titulo de intruso. No me importa; me acerco y al saludarlo me entero de que su apellido es Molina. Vive justo detrás de lo que antes fue mi casa. Él es quien me instruye y me educa a comportarme con el flamante presente que cubre mis recuerdos.

El se mudo a mi barrio 6 años después de que mi familia partiera al sur. Este hombre me cambia los nombres de algunas personas que yo conocía y que por esas rarezas de la mente había troquelado mal. Suele suceder.

De repente era como mi clon allí de guardián involuntario de la nada, ya que si bien rindió ante mí un informe completo de su ministración como vecino sustituto, el no pudo hacer nada para preservar ni siquiera un solo potrero ni un solo eucalipto para que en ello tuviera yo un santuario de ayer.
Pero Don Molina me dio en media hora de charla, el comienzo de una paz que se fue potenciando con el pasar de las horas.
Faltaba algo más.
Faltaba tocar con mis manos un trozo del pasado; de mi pasado.
Cuando me despido de Don Molina me encamino a la casa de un amigo de la infancia; En la casa vive otra persona que no reconoce el apellido del que yo pregunto así que evoco otro apellido. Allí si el interlocutor reacciona y personalmente me lleva a la casa de Mirtha Curssio.
Lo que recordaba de aquel entonces es a una muchachita mucho mayor que yo; de ojos picarescos y… pero me detengo en mis recuerdos porque en seguida llegamos.
Mi ocasional acompañante toca el timbre que llama al pasado y de dentro de la casa aparece una agradable mujer; la reconozco, en ella a pesar de los años la reconozco.
Me presento e inmediatamente me recuerda, Si; recuerda a toda mi familia. Luego de una breve conversación allí en la puerta me despido y le doy una vez más la mano. Acababa de saludar a un trozo tangible de mi historia, un segmento que tenía nombre y apellido, y aun vivía.

Note al alejarme de aquella casa que algo se iba cerrando detrás de mí como un túnel; como una puerta virtual al paraíso de mi vida.

Apure el paso… que coincidencia! Era la hora de entrar al colegio; comienzo a transitar esa calle larga que tantas veces recorría corriendo a esa misma hora hacia el colegio escuchando en mi cartera el murmullo de lápices de colores y sintiendo el bulto del gran trozo de pan que mi madre me daba para mi niño.
Qué lindo! La misma hora, el mismo sol, el mismo camino, hacia la misma escuela.
Antes iba el niño, ahora regresa el hombre. Otrora era el guardapolvo blanco hoy es la añoranza encarecida de nostalgia. Cuando llego nadie me impide el paso; es como si en realidad estuviera aun durmiendo, pareciera que nadie me ve. La vida me regala otra coincidencia porque al escurrirme al viejo patio, hoy totalmente cambiado, veo una escena desde arriba. La directora esta arengando a los niños en cuanto al comportamiento y algunos otros conceptos.

Cuando yo tenía 6 años, mis hermanos mayores me llevaron aquella tarde al colegio y cuando estábamos todos los niños en aquel mismo patio, otra directora, otros niños, otra época, y todo era igual!!!.

Seguía permaneciendo en el anonimato ya que nadie me dirigía ni una mirada. Entre nuevamente al colegio con pudor ya que en estos días de inseguridad cualquier extraño en un colegio primario representaría una amenaza.
Todo las ventanas, acaricio las puertas de las aulas y me dispongo a salir. Un joven me pregunta entonces: "lo noto muy pensativo, ¿le pasa algo?". "Lo que paso sucedió hace 48 años!"- le contesto. Y para no dar tiempo a la sorpresa le relato mi breve historia. Era el portero del colegio.
Así, un vendaval de ausencias y de cemento fue cubriendo mis huellas en el lugar que alguna vez pase mi niñez Feliz.

Así una vez más me fui dejándole el lugar al presente que, en la figura de aquellos niños de blando significaban un icono permanente e inalterable de historia de pan y amor de madres en los rostros lavados, de cabecitas bien peinadas y zapatitos lustrados.

Me fui tranquilo; en ellos mis recuerdos estaban a salvo porque cada año que pase esa imagen se mantendrá inolvidable y renovable para cuando yo quiera volver a escuchar el tañido de la campana que me llame a clase nuevamente para aprender que el tiempo pasa pero los sentimientos quedan; que no se puede vivir de los recuerdos pero, estos son parte de la vida y deben estar siempre sobre un estante disponible para hacer las veces de andamios que edifican el presente.
Camino ya con paso resuelto hacia la parada del colectivo que me alejara de aquel oasis de tiempo perpetuo.

Me vuelvo un poco para ver el leño seco del gigantesco pino que me saluda con sus grises muñones señalando el cielo desde el pato de mi escuelita. Adiós! Le dije desde mi corazón y me fui. Nuevamente ese aroma en mi nariz y en mi mente; aun me sigue; lo disfruto, y lo siento en este mismo momento en que escribo este relato.
En el Mar


Otro día tengo cita con la musa inspiradora de mi niñez y juventud: El Mar.

A través de los grandes edificios céntricos de Mar del Plata el mar me guiña un ojo color esmeralda desde lejos.

Me vio venir; lo veo al llegar, llego; él me arroja a los pies una alfombra de susurrante espuma y yo abro mis brazos y no me importa que digan los escasos caminantes en aquella fresca mañana. Una ola más fuerte aun y casi moja mis pies aun calzados. Acepto la broma pero no la invitación pues hace frío.

Una vez más todo es un icono cambiada por el desgaste de la sal y el viento. La arena trata de irse conmigo y se me pega en las manos y en el pelo, no hay visión más sublime que el brillo plateado del sol en el agua marina.
Que Sabrosa es el agua de Mar!
Correteo tras una ola en fuga y alcanzo a tocar el borde espumoso de su manto verde; me llevo la mano a la boca y lamo el agua como si fuera un animal en celo de nostalgia. Es como si ese pequeño sorbo de humedad salina me sirviera de vacuna contra la añoranza futura.
Veo gente pescando; un buscador de metales pasa a mi lado con la vista fija en la arena pero el tiempo y un vendaval de mareas se llevaron mis huellas mar adentro a modo de joyas etéreas emparentadas con las perlas más preciosas. Allí dormirán el sueño de Alfonsina y su amor imposible. Mis huellas, y las de mi madre y mis hermanos hace tantos años atrás… y los recuerdos. Si todos ellos harán nido en el mar y solo mi anzuelo podrá sacarlos de tanto en tanto… para ser feliz una vez más en aquella playa en donde el mar llama a un silencio porque el alma de un hombre llamo al niño de otrora solo para conversar en el dialogo regado por las lagrimas que nunca llegaron a la arena…
Porque sol, agua y arena, se quedaron cuando me fui; y ahora que me vuelvo a ir nuevamente se quedaran y lo único que me llevo, es la paz que otorga el haber regresado al único lugar en e l mundo en donde yo Fui Feliz.


Hercules Antonio Palermo.-

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